Gabriel Burgueños*

IA … ¿y lo humano?

Hoy se vive una especie de excitación y algarabía sobre los resultados de consultar un chat y que te devuelva un texto o imagen. Aunque como cualquier salto tecnológico, suele haber en la sociedad una especie de mezcla de reacciones de bienvenida a la vez que de pánico.

En general lo nuevo trae progreso, avance, mejora. Sin embargo, también dudas, impactos, desplazamiento de tradiciones o rutinas.

Imaginemos en su momento, cuando aparecieron el telégrafo, el teléfono, la radio, la televisión y más recientemente la computadora y el teléfono móvil, cada uno produjo una especie de paradigma nuevo. A partir de cada uno se vaticinó la pérdida de comunicación entre personas, menos diálogo, menos lectura (en papel), entre otros impactos.

No necesariamente el impacto de cada invento es radical. Generalmente suma algo y resta en otro aspecto. Sin embargo, con la masificación de las aplicaciones de IA lo que entra en juego por primera vez de modo más universal es correr al ser humano del eje de pensamiento, reflexión, ideas y práctica.

¿Qué hay de nuevo?

En un punto nada es del todo nuevo con la IA. Lo que ofrece un buscador tradicional desde décadas atrás, la información en la web, las wikis en general, aportan en parte refritos que hacen a la cultura del no pensar. Quien no recibió (o hizo) un trabajo en el aula a partir de algún rincón de la red, donde te dan un resumen, un comentario, un escrito en definitiva que simplifica leer cientos de páginas y comprenderlas.

Capaz, lo nuevo es lo poco que se digiere la devolución del chat. Es verdad que la pregunta hay que pensarla, que lo que le pedís debe ser concreto, pero lo que se hace con el producto puede ser nada o prácticamente nada.

No todo tiene que ser perfecto

Con las devoluciones se cae en una fantasía de lo perfecto, correcto, mejorado e incluso acabado. Sin embargo, en la vida humana, nada es así, todo es perfectible, justamente por ser humano.

Lo pulido, categoría que propone Byung-Chul Han en su libro “La salvación de lo bello” (Editorial Herder, 2015), lleva al extremo la pretensión de lo perfecto, sin defecto, sin rugosidad, sin manchas, sin relieves. Todos esos rasgos negados son los que definen la vida, es decir los aspectos, los procesos y los elementos de lo vivo.

Lo pulido está en el paisaje desde hace siglos. Lo que resulta anacrónico es aplicar ciertas recetas e improntas de diseño y mantenimiento. (Jardín en Punta del Este, Uruguay).

Para representar el diseño, el espacio, el paisaje, es decir el proyecto que alguien pensó con y para otras personas, acudir a herramientas que barran o simplifiquen la dimensión humana es al menos un riesgo. Riesgo de simplificar, riesgos de sentir menos, riesgos de aplastar los trayectos de diseño, riesgos de no escuchar lo que tienen que decir quienes usan el sitio.

El montaje y el render pueden hacer creer que la intervención va a ser perfecta e inmediata y esa mentira tapa la realidad del paso del tiempo, de las estaciones, de las derivas que la propia naturaleza propone luego de diseñar algo.

Slowscape

Capaz la salida se encuentre en plantear un slowscape, es decir una aproximación al paisaje desde la lentitud. Así como apareció hace años la idea de slowfood (por contraposición al fast…), un slowscape plantearía un estilo de contemplación, disfrute, interpretación y hasta conocimientos derivados de otros tiempos.

Plantear un paisaje de lo lento es pensarlo desde el propio momento del diseño, como manera de registrar sutilezas al planificarlo, pensar etapas progresivas, momentos de reflexión sobre el futuro del sitio, participación real de las personas usuarias/beneficiarias y un armado paso a paso con vivencias de todas las aristas posibles.

La rugosidad propone diversidad de vida, de formas, de colores y de cambios estacionarios, capaz nos acerca al modo » slow » (Jardín en Monte, provincia de Buenos Aires).

Conectar con la naturaleza

A la par, una propuesta desde la lentitud – o simplemente por fueras de la IA – sería más coherente con aproximarse a la naturaleza desde la dimensión terapéutica, filosófica, o simplemente desde la necesidad de equilibrio psíquico. Conectar es imprescindible para sumar calidad de vida, no hace falta ser paisajista, naturalista, botánico, ecologista ni experto. Desde una sensibilidad básica es clave visualizar nuestra necesidad de estar en la naturaleza, como parte que somos y de la cual nos podemos alejar si no tomamos conciencia.

Menos pantalla, más paisaje

La clave para disfrutar del paisaje también pasa -o podría pasar- por distanciarnos de las pantallas. Nuestra vida cotidiana está demasiado atravesada por dispositivos. Alguien puede plantear: “es generacional…, antes fue la TV…, es como cualquier innovación…”. Sin embargo, la reflexión aquí es que la IA por medio de las pantallas aparece con dos aspectos novedosos. Por un lado, la aceleración de los cambios (pocos años desde el primer celular hasta el uso masivo de smartphones), con implicancias que aún no tenemos conciencia de los resultados. Paralelamente, la pérdida de control sobre lo que consumimos a partir de una devolución que nos genera la IA (texto, imagen, cálculo), no solo suma incertidumbre, sino que frecuentemente esa construcción es simplemente ruido.   

Hoy vemos paisajes de destino deseado, espacios de naturaleza, lugares turísticos, áreas exóticas y rincones cotidianos cercanos, todos con el mismo valor, o sea con el riesgo de interpretarlos como ninguno. Es que por medio de pantallas todo vale igual, nada se subraya ni pierde brillo. La homogeneización es total, los colores son todos saturados, las irregularidades se borran.

Así, es fundamental visualizar la importancia de salir. Salir del hogar, salir del barrio, salir de la ciudad. Visitar parques, ríos, cielos, reservas, parques nacionales, jardines botánicos, ecoparques. Percibir que vivimos en cuidades que aún tiene naturaleza cerca y accesible, para valorarla, interpretarla y conservarla.

IA y agua dulce

Generar inteligencia artificial para devolvernos nuestros requerimientos por medio de un chat implica el uso de cientos o miles de litros de agua dulce. A su vez, el reordenamiento del mundo que ello implica, en función de los precios, la disponibilidad y calidad del agua dulce implica un rearmado de oportunidades y conflictos que pueden todavía sorprendernos. Lo que implica en energía (genéricamente y en electricidad en particular) también debe interpretarse y contemplarse como impactos indeseados que todo parece indicar que serán cada vez de mayor escala hasta conseguir tecnologías más limpias y austeras en consumo.

No resistirse a los cambios, pero…

La IA se ha masificado en varios ámbitos. Incluso buscadores comunes e intercambios en los celulares ya están asistidos sin avisarnos ni darnos cuenta demasiado. No resistirse es un modo de intentar comprender las implicancias, tomar perspectiva y analizar qué posición nos resulta más adecuada. Como cualquier avance tecnológico nos puede resultar fascinante, indiferente o nocivo. Como sea, informarnos y saber qué esperar de cada herramienta es un modo de utilizarla con conciencia y no depositar decisiones que deben ser humanas.

Cada vez más se valoran los espacios donde hay una persona para atender, ya sea una actividad comercial (un local, atención telefónica, asesoramiento técnico), un médico en lugar de un robot, un operador en lugar de un peaje automático. Lo humano es y va a ser cada vez más un diferencial de producto en el mercado, donde no todo va a valer por igual.

Por ello, no resistirse no significa tampoco sumarse a cada cosa nueva solo por ser nueva. Detenerse, analizar, informarnos y tomar una postura es siempre recomendable.

Paisaje, infraestructura azul y verde

Los paisajes pueden observarse individualmente o como parte de un sistema. En las ciudades se registran frecuentemente falencias en cuanto a cantidad, distribución, accesibilidad y calidad de los espacios verdes. También deben considerarse los espacios de reserva, captación o hábitat vinculados al agua (humedales, riberas, bajos, parques anegadizos). En conjunto los espacios de estas características conforman lo que se ha dado en llamar infraestructura azul y verde.

Un parque lineal aporta hábitat y espacialidad de corredor (Colegiales, ciudad de Buenos Aires).

Mediante un proyecto de investigación, UBA – PIA, nos hemos propuesto registrar casos de proyectos que aporten en esta línea, ya sea al conservar áreas de valor natural o funcional; proponer sitios nuevos o generar corredores que disminuyan la fragmentación actual. Invitamos a la comunidad a sumar casos existentes como propuestos, públicos como privados y divulgar espacios desconocidos o poco difundidos.

En este link pueden reportar sus casos: https://ee.kobotoolbox.org/x/PY9n6J5C

* Licenciado en Planificación y Diseño del Paisaje. Universidad de Buenos Aires

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