Por: Álvaro García Cristeche, Necochea.
El verano estaba muy caluroso desde hacía días y el viento norte rizaba el escarceo del río Quequén a causa de la marea entrante que lo colmaba con el agua del mar. Aquellos jóvenes muchachos habían planeado una salida en el bote a vela a esa hora de la siesta. Las tres millas hasta el puerto las recorrerían rápidamente, corriente en contra, con la vela mayor de algodón portando en el viento franco. El Mono timoneaba concentrándose en realizar el trayecto fluvial más favorable. Deberían detenerse abarloando a alguna de las lanchas amarillas para retirar su chapita en el Puesto 4 de prefectura en la Banquina de los Pescadores. Sentados en las bandas uno frente al otro Sergio y La Garza calculaban el tiempo que les insumiría el recorrido, que consistía en ir al mar para navegar amurados a babor las cuatro millas hasta Costa Bonita; barajando la playa frente al Monte Pasuvio, la Bahía de los Vientos, y Punta Carballido. Con este ventarrón de través el Flipper filaba fácilmente unos cinco nudos, por lo que tardarían casi una hora. Luego virarían por redondo, que era la maniobra que a ellos se les ocurría más divertida y marinera, y así volver con buenas amuras, por lo que estarían entrando al puerto a más tardar para la estoa, antes que comience a bajar la marea, porque tendrían que remontar el río ciñendo, hasta el amarradero cercano al Puente Colgante.
Cuando salieron de la boca del puerto el viento comenzó a aflojar, no obstante, estando el mar con poca ola, mantenían buena estropada, pero el Nortazo decaía, y llegando al pecio de la caldera, frente a donde actualmente está la casa de los enanitos, súbitamente quedaron encalmados, permanecían inmóviles, y el sonido de la rompiente y hasta las voces en la costa les llegaban nítidos.
El calor continuaba pero el viento de los locos había cesado. ¿Y que eran todos esos insectos? llegaron en tropel, se posaron en sus cuerpos desnudos y pronto cubrieron el velero, la respuesta surgió unánime, ¡al agua! No fue más que un chapuzón porque advirtieron un cambio en la luz del sol, un negro nubarrón cilíndrico, extendido en el horizonte del oeste, se acercaba rápido acompañado de altos cumulonimbus, recién entonces lo vieron, porque no tenían el buen habito de otear el horizonte y menos aun mirar hacia popa !el destino estaba a proa!
Los tres lograron agarrarse y trepar a bordo, cuando ya las primeras rachas levantaban rociones, quedaron atónitos al notar que el velero escorando mucho y metiendo el penol de la botavara corría hacia mar más profundo.
Ahora llovía torrencial y horizontalmente, y las gotas les dolían en las espaldas, no podían escucharse a causa del sonido de la tempestad, y no quitaban la vista del lugar donde la regala de sotavento se sumergía, mientras se esforzaban en adrizar y achicar. Fueron una decena de minutos de viento muy fuerte, seguidos de otro rato que soplo algo menos, donde pudieron recobrar en parte el control, el cielo entonces se fue tornando azul y despejado, y con esta nueva luz el faro se destaco allá lejos en su loma, mientras el viento disminuía y rotaba al sur, esa fue la oportunidad de virar por avante, a unas dos millas de la costa, y arrumbar a la farola roja de la escollera norte, mientras permanecían tan silenciosos como pensativos.
Todavía recuerdo a aquellos chicos; al recalar, cuando de pronto tuvieron la seguridad de estar de regreso, arrojaban cosas al aire dando gritos con sus brazos en alto, emocionados y felices.
Conocieron a El Pampero con todas sus características y no lo olvidarían.
Álvaro García Cristeche
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